30 abril 2006





MINAS DE RIO TINTO.

No te conocí cuando conservabas la piel que la simple evolución del planeta te fue dando. Sin duda, aquella belleza la puedo interpretar cómo la de cualquier paisaje. No importa su aridez o frescura, es solo cuestión de descubrir lo que no ves con los ojos. Nosotros te trasformamos. Nos invadió una locura febril por desentrañar tu vientre, sacar el metal que nos hacía falta para vivir mejor. Te abrimos, fuimos horadando tu carne, apartando las vísceras inservibles hasta llegar al fruto profundo. Te mortificamos, quemamos los bienes recolectados, soltando al aire y al agua venenos que mataron toda la vida que hasta entonces te acompañaba. Las nuestras empezaron a sufrir la muerte ajena. Y cuando te agotaste ni siquiera te enterramos. Nos fuimos y dejamos la herida abierta. Pero en medio de ese caos, surgió la belleza. Los venenos minerales han vestido tus escombreras de los colores del arco iris y el Tinto recupera su belleza. La vida vuelve poco a poco. He visto alguna mata solitaria salir en esas inmensas terrazas calcificadas, y correr a las primeras hormigas de primavera. En medio de tanta destrucción nacen nuevas formas, colores inimaginables, escorias labradas al azar en aquellos hornos crematorios, piritas que brillan a la luz de la luna, cuarzo y yesos labrados por la lluvia.Y al pasear a tu lado, junto al Tinto, siento la misma paz que Machado a la orilla del Duero. Nada ha cambiado sustancialmente. Tus entrañas escondían una belleza tan abrumadora como la profundidad de la herida que no tapamos.








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LA HIGUERA.

Se sentó Pepe debajo de la frondosa higuera, en el banco de madera que él mismo se había hecho con viejas traviesas de la vía. A su lado, en la mesa de piedra, puso el café y el porrón con el aguardiente que su amigo Hilario (maquinista en la línea) le había traído del Bierzo. Hilario era su único contacto con el exterior. También el cartero que nunca le llevaba carta alguna, solo los paquetes y libros que Pepe le pedía. El café de origen portugués lo preparaba a conciencia, ni muy molido ni excesivamente grueso, era su secreto, que solo compartía con Hilario. Nunca detenía el tren del todo, pues no había parada autorizada, así que Pepe le seguía al paso y le daba el vaso de café puro con unas gotas de aguardiente, mientras Hilario le entregaba el paquete y le informaba de alguna noticia atrasada.
Bebió un sorbo y se recostó sobre el banco observando la algarabía de pájaros refugiados a esa hora de la tarde, la de más calor, en el fresco cobijo de tan generoso árbol. Hacía días que los higos eran objetivo de las aves. Fruta que mezclada con el agua de la alberca les producía unas diarreas descomunales. Con sus ojos fijos en el azul infinito, empezó a recordar cuando llegó por primera vez a este destino. La estación del Mármol. Así la llamaban porque durante años era punto de embarque de unas canteras que tardaron poco en agotarse o quizás, ya no interesaban a nadie. La pequeña casa no parecía una estación. Sólo tres estancias, entre ellas la oficina del teléfono con cuatro muebles viejos. En el exterior, dos Eucaliptus que marcaban la única referencia de un paisaje lunar en la sierra de los Murrios. A su lado un pozo que nadie pensaría tuviese agua. Una vía de cruce y una de carga con su pequeño almacén, era el inventario de aquel desolado lugar.Trasformar la realidad es lo que él había conseguido durante tantos años. Aquel pozo con su generoso acuífero, alimentó a unos plantones de diversas retamas, alibustre, romero, lilas y jazmines. Después vinieron un almendro, un membrillo y dos manzanos. Pero ninguno de ellos le dejó la sombra que buscaba. Para colmo, no daban a la estación el aire ferroviario que deseaba. Toda estación que se precie debía tener como mínimo una higuera.Y acabó plantando cuatro, pero de todas ellas una fue su orgullo, su gran amor junto al perro Latón, un San Bernardo recogido del abandono y dos gatos persas de pelo corto, a los que Latón lamía como si fueran sus hermanos. La única circulación que atendía era el tren carbonero de Hilario, para cerrar las barreras de la carretera comarcal. Por el poco tráfico de coches que por allí pasaban, llegó Pepe a pensar que se habían olvidado de él. La nómina era la única certificación de que aún estaba empleado en la compañía, pues hacía ya tiempo que no le llegaban ni las circulares con las actualizaciones del reglamento de circulación. Sus ojos se recrearon de nuevo en la higuera y se preguntó por qué a los árboles no se les ponía un nombre. Estaba seguro que aunque no pudieran manifestarse como su perro Latón, si les hablabas, en su interior la savia se aceleraba como el pulso en las personas, lo sabía porque esa higuera había recibido todo su esmero y cariño y el resultado quedaba a la vista. Sus frutos doblaban a los de las otras tres y los pájaros distinguían bien en cual comer primero.
El sonido del silbato de Hilario le ha despertado de sus recuerdos. Después de poner las cadenas del paso a nivel coge el banderín en ristre para dar el paso reglamentario, aunque a nadie le importe.Se sorprende por la inesperada parada de Hilario a su altura. No tiene buena cara su amigo. Entre el estruendo de los motores diesel escucha a un personaje que se asoma a la ventanilla y que no conoce. Le entrega un sobre al tiempo que le dice:

- A partir de primero del mes que viene, esta estación quedará suprimida. En el sobre vienen las instrucciones y su nuevo destino.

Hilario se ha despedido de Pepe sin recibir respuesta, pero lo entiende.Muy despacio, mientras el rugido de la diesel se aleja, Pepe retira las cadenas del paso a nivel y vuelve a hacia la casa. Latón como siempre detrás de él. Después de leer el contenido del sobre da un vistazo alrededor y se fija en la higuera. Sonríe y hablando en voz alta le dice:

- En los próximos meses voy a preparar una huerta entre tu sombra y la alberca.

EL CERRO DE LA PLATA.
(DEDICADO A PADILLA)

Como cada domingo él iba detrás. Serio, callado, vigilando mis movimientos. Nos esperaba una vez mas el Cerro de la Plata para ver desfilar los largos trenes de viajeros. En ese montículo se apreciaba la grandeza de las locomotoras de carbón. Pasaban con el regulador abierto a tope, soltando chorros de vapor y un gran penacho de humo gris antes de acometer la rampa de Vallecas – El Pozo. Allí, mi padre parecia recobrar algo que hacía que sus ojos brillaran de forma diferente. Hasta podría asegurar que sonreía de vez en cuando.
Al regresar a casa él iba detrás y yo me volvía de cuando en cuando para comprobar que me seguía. Él, observaba la polvareda que levantaban mis pies cual máquina de tren, al compás del resoplido de mis inflados carrillos. Pero no me regañaba.Antes de entrar en casa, me limpiaba los zapatos para que mi madre no se enfadara.

EL ALMA DEL CARRIL.

He vuelto a la vieja estación o lo que queda de ella, convertida ahora en cargadero de carbón. Tan sólo la rampa que daba acceso al muelle de mercancías se ha salvado. He paseado entre las vías, hoy desiertas por ser festivo, haciendo equilibrios entre las desgastadas traviesas y el balasto envejecido. Hay una vía de paso y tres de cruce, una de las cuales da cobijo a los vagones que cargan el mineral. Todos los carriles están machacados, herrumbrosos y casi cubiertos por la vegetación y las escorias. Son de 1930 de 45kg por metro lineal, poca envergadura para las cargas que soportan ahora. Me he fijado en un tramo de carril. Está partido a lo largo de la base de rodadura, por el "alma", que diría un ferroviario, y no comprendo cómo sigue resistiendo todavía. Ahora pienso en mí. Soy ese carril, mi espíritu está fatigado y las traviesas donde me apoyaba o no existen o son puras astillas. Creo que mi alma también se ha partido y a ello han contribuido las cargas excesivas que al igual que al carril han circulado por mi vida.
Su desgaste y el mío existen desde que nacimos, pero sus efectos se sienten de golpe, una sola vez en la vida, es ese día en que la última circulación que pasa por encima nos parte el "alma".




CAERSE DEL BURRO.

La mirada de su jefe le atravesó, pero fueron sus palabras y la raya imaginaria que trazaba sobre el suelo de la cabina de conducción las que le llegaron a lo más hondo de su orgullo:

- De aquí para allá está tu sitio. Así que, arreando, que hay mucho que hacer.

Hasta ahora todo había sido un mero aprendizaje en el regimiento de ferrocarriles, pero terminado el servicio militar le esperaba el trabajo de verdad. Eso le había dicho su tío cuando le metió en la compañía del Norte. Terminó la protección familiar. Acababa de traspasar una frontera que le removía las vísceras, provocándole una angustia vital, ante la cual la huida se presentaba como tabla de salvación.Pero no. Aguantaría. Aún a sabiendas de que su instinto natural fue siempre rebelde. Su jefe acababa de poner límites a una juventud que él consideraba eterna.
La primera paletada rebotó en el apelmazado carbón. Miró a su jefe asustado esperando un mal gesto, pero lo que vio fue una sonrisa que no se mostraba.

29 abril 2006


FÁTIMA.


Hace muchos años que Valentín se enamoró de Fátima. Fueron muchas las ocasiones en las que otras personas allegadas e incluso él mismo, le preguntaron, se preguntó, que sería lo que había visto en Fátima para dedicarse en cuerpo y alma a sus constantes cuidados.
Cuándo la conoció, su salud ya era delicada. Los años no habían pasado el balde y para mayor desgracia sus dos compañeros anteriores no se distinguieron mucho por darle una vida adecuada.
Ahora, a Fátima le cuesta un esfuerzo considerable ir de un lado para otro, y no digamos subir una suave pendiente. Su respiración se vuelve ronca, a cada paso más lenta, hasta el punto de que en algún momento ocurrirá lo inevitable. Su corazón no seguirá adelante.
Pero Valentín conoce al dedillo todos sus achaques y los síntomas que les preceden. Desde que empieza por la mañana a ocuparse de ella, ya huele a mucho amor. Sabe que su aspecto debe ser el mejor y saca lustro de un cuerpo desvencijado que reniega de sí mismo. Cuándo ésta operación llega a su fin, se aleja unos pasos para contemplar su obra y echarle un par de piropos.
Lo siguiente es más complicado. Conseguir que se ponga en movimiento requiere un tacto exquisito. Pero Valentín usa su veteranía para sacar el mayor rendimiento y dar los primeros pasos. Seguir después, es más llevadero. Durante el recorrido, Serafín es todo ojos y oídos. Es tal su desvelo por Fátima que resulta obsesivo. Al primer aviso ya está aminorando el paso, aplicando ungüentos o insuflándole un poco de aire fresco.
Nadie en la estación entiende cómo Valentín tiene medio abandonada a su familia, por el simple hecho de mantener viva la vieja máquina de maniobras, la que sus jefes y compañeros esperan que un día de estos reviente de una vez.
Cuándo eso ocurra, Valentín morirá con ella. Por verdadero amor.

27 abril 2006








NAVIDAD EN BEMBIBRE (CUENTO).


En la estación de Bembibre, en el Bierzo Leonés, comienza el ascenso al Puerto del Manzanal. Allí nunca se celebra la Navidad. Una pena, pues pocos lugares ofrecen un paisaje tan adecuado para esas fechas: Nieve por todas partes, ventiscas, y frío que congela las ideas.
En este panorama se desenvolvía el jefe de estación allá por los años cincuenta. Bembibre tenía una gran playa de vías y numerosos apartaderos, imprescindibles para situar los trenes carboneros cuando el clima impedía su circulación por el puerto.
Cierto día de Diciembre, ya no quedaban vías disponibles. La subida por el puerto no era recomendable hasta que amainara un poco el temporal. Sin embargo, las necesidades de combustible no podían esperar más. Se mandan brigadas que trabajan sin descanso apartando la nieve, pero apenas despejan un tramo, ya está cubierto el anterior. Mas las presiones sobre el jefe de estación desde la jefatura de León no cesan y acaban por  hacerle tomar una decisión. Convoca a tres parejas de conducción y les da orden de partir en triple tracción con un carbonero de 50 vagones. Saben que cumplir esta misión supone abastecer las calefacciones, cocinas y fábricas de un país aún sumido en la pobreza y la miseria. Confia en que las desdichas, en estas fechas, le den una tregua.

Al oir el sonido del silbato, las tres locomotoras (dos en cabeza y una empujando por la cola) se ponen en marcha en un apoteósico rechinar de ganchos y ruedas, acompasado de nubes de humo blanco que ocultan la estación. Las dos primeras despiden chorros de vapor por los émbolos como si en ello les fuera la vida, mientras que la que empuja por la cola patina en su afán de coger la velocidad adecuada cuanto antes. Maquinista y fogonero de esta última, saben que les ha tocado la peor parte. Si el convoy llega al túnel del El Lazo a 40km/h, podrán sortearlo sin grandes agobios, de lo contrario..., prefieren no pensar.
Tras una hora de marcha complicada llegan al túnel a escasa velocidad. Las dos primeras máquinas lo atraviesan junto con la mitad del convoy, pero la empinada rampa a su salida les hace perder velocidad y dar alocados patinazos. La que va en cola lo intuye y aplica toda su potencia hasta introducirse en el túnel. No se ve nada. Están sofocados, se abrasan la piel, apenas pueden saber si avanzan o no. Solo el palo de la escoba al tocar la pared del túnel les hace comprender que se están parando. Se dan voces el uno al otro:

- ¡Sigue echando arena! - ¡Ponte la mascarilla! - ¡Túmbate y podrás respirar mejor! - ¡Por Dios dale más potencia, estamos patinando!

Podrían escapar de ese infierno haciendo marcha atrás y así salir del túnel, pero significaría dejar que la composición retrocediera sin control hasta sabe Dios donde, y renunciar a su cometido. Con las gargantas abrasadas por los gases de azufre, las ropas medio calcinadas, la pareja de conducción hace el último gran esfuerzo por sacar el tren del túnel. Regulador abierto al máximo, pulsaciones de los émbolos que hacen temblar las paredes, patinazos frecuentes que despiden un haz de chispas como única fuente de luz en las tinieblas, y un humo espeso irrespirable, es el escenario donde sus sentidos dejan de sentir.
El maquinista de la titular que va en cabeza, ha visto que recupera velocidad y que la máquina de cola ha salido del túnel. Hace las señales reglamentarias con el silbato para que esta deje de empujar y retroceda hasta Bembibre. Pero no obtiene respuesta. La velocidad es tan pequeña que manda al fogonero apearse para ver que ocurre. Cuando llega a la máquina, se encarama a la cabina y encuentra a sus dos compañeros sobre el suelo. Cierra el regulador y frena la frena. Se acerca a ellos y los zarandea. Por sus mejillas empiezan a resbalar unas lágrimas negras. Las señales que envía con el silbato a sus compañeros son campanas tocando a muerto. No son los primeros ni serán los últimos.
El tren ha llegado a su destino. En la ciudad el invierno no será tan duro. En Bembibre la Navidad se enluta de nuevo. Por eso nunca se celebra.